A veces no sé quién eres, ni si aquel sueño donde nos acuchillaban era una forma de anunciarme la rabia eterna que estabas a punto de causarme.
No me malentiendas.
Te elegí desde el momento en que te vi, yo sólo moví unos cuantos hilos para acercarte a mí.
Aquel día en que nos conocimos me robé un pedazo de tu alma y tú ni siquiera te lo imaginabas.
No es metáfora, cariño, realmente tengo tu suerte aquí conmigo y ni la mano de Dios podrá cambiar su destino.
Tú, que eres un incrédulo del camino, ¿nunca te has preguntado qué te condujo a sentarte conmigo?
Ese si fue el destino.
Lo demás lo tejí yo.
Pero fueron las tijeras escondidas en tus manos las que me causaron heridas tan pequeñas que ni siquiera logro encontrarlas.
Sangran cada vez que dudo de mí misma.
Provocan comezón al iniciar la cicatrización.
Y cuando creo que por fin han sanado, descubro que el temor las ha infectado.
Mi carne nunca fue buena para guardar secretos.
Así que me arranco las costras para buscar entre mis entrañas el vestigio de esta enfermedad que emana un olor a descomposición.
Conozco el nombre de cada cosa que he perdido, pero ninguna había causado semejante putrefacción.
Ya me he arrancado los ojos para dejarlos vigilando tus pasos y me he abierto el estómago para buscar algún rastro.
Ahora, por fin, entiendo aquel sueño.
No era una advertencia sobre la muerte, fue mi escarmiento por quedarme con tu suerte.
Y si bien las tijeras llevan tu nombre, fui yo quien alimentó la podredumbre hasta hacer de la sospecha una costumbre.
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