Y uno llora. Llora como reacción inmediata. Llora porque es un impulso de la mente. Llora, me imagino, porque biológicamente es un recordatorio del dolor. Como si fuera parte del proceso. Como señal de la ley del más fuerte. Como si fuera lo más sano para el alma. No lo es. Para mí, no.
Los reportes diarios me están acabando, cada día tengo menos fuerza en ambas manos. Mi letras está deshecha. Una tortura a la vista de cualquiera. Pero me aferro. Me aferro a plasmarlo todo. Noto que lo hago con miedo. Escribir y vivir. Es como un episodio en continua repetición. Se ha estado dando bien. Algo bien. Esta vez ni el cuerpo ni la mente escatiman. Nunca lo hacen. Siempre latente.
Qué pánico siento al imaginar que voy a acostumbrarme. Es terror creciente. Algunos días se vuelve más notable y persistente. Temblores. Vómitos. Dolor muscular. Pesadillas. Pesadillas diarias. Trastorno de ansiedad. Esa no es vida. Quiero creer. Quiero saber.
Uno nunca aprende. Siempre hay síntomas nuevos que crees poder parar. Eso es para preocuparse. Para ocuparse. Uno siempre vuelve a su lugar. Lugar predilecto. Lugar tatuado. Lugar impregnado. Como el olor de libro nuevo.
Y uno llora.
Uno siempre llora en el mismo lugar en el que se dio cuenta que ya nada iba a ser igual.

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